Días de profunda sensibilidad estoy viviendo.
Ayer, luego de las compras semanales, mi mamá pasó por la librería y me trajo el "Jesús de Nazaret" de Ratzinger. Esta mañana me saltaron lágrimas con algunos pasajes. Entre párrafo y párrafo me pillé pensando cosas tales como "Lo que más me gusta del mundo son la religión y las mujeres."Y sentí mucha emoción al comprobar que estoy en profunda paz y gozo con ambas dimensiones humanas, sexualidad y espiritualidad, (estado que hace un par de años ni siquiera podía imaginar). Luego sentí vergüenza por pensar tales niñerías. Una vergüenza muy indulgente, alegre, si se quiere.
Libre y responsablemente he criticado a la Iglesia muchas anacrónicas y/o infundadas tradiciones humanas que continúan apoyadas por el magisterio. El Papa debe abrir los caminos para que la Iglesia de Jesús desplace a la iglesia de los concesionarios de Dios (¡Toma!). Raztinger no lo ha hecho, pero, ¡diablos, qué bien escribe!
Recuerdo la primera vez que lo leí. Fue hojeando el libro "Dios y mundo", una larga entrevista al cardenal por Peter Sewald, un marxista que finalemente y luego de varias de estas conversaciones con Ratz (Como lo llama Diego Maquieira) terminó catolicón. Tocaron temas importantes con una profundidad y humanismo que no le pillé nunca a Karol. Tuve que devolver el libro justo cuando su tono delicado y que, sin embargo, se levanta a ratos con fuerza telúrica (o celeste, como se diría antes de la primera guerra mundial), y su ritmo de valles y colinas siempre sorpresivas, venció mis útlimas reticencias; lo devolví porque mi amigo B. lo exigió porque era un regalo para su abuela (otra ex-marxista).
La segunda lectura fue acompañado por el mismo B. y por R.
Un par de días antes de partir al maravilloso viaje al que anteriromente hice referencia, se publicó "deus caritas est". La misma mañana de la partida la imprimí y la metí en un bolsillo exterior de mi mochila. Leímos la encíclica en voz alta en andenes, trenes y carpas (en camiones no... por pudor), a todos nos sorprendió. Nos reímos muchísimo con aquel chiste sobre ciertos intelectuales que se trataban de "alma" y "cuerpo" mutuamente. Poner un chiste así en una encíclica es pura genialidad, y el que no lo admita es por ceguera muy resentida.
Una noche en Valdivia me emborraché y proferí alucinantes discursos en torno al eros y al ágape a algunos jóvenes desconocidos a orillas del calle-calle. Ellos se admiraban de mi elocuencia. Y todo gracias a Ratz., el Papa pianista, que fue desde la infancia arrullado en citas, como lo describió Carlos Peña.
martes, 28 de agosto de 2007
"Ratzinger y yo" o "Eros y Ágape a orillas del Calle-calle"
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sábado, 18 de agosto de 2007
El hombre que planta árboles
En Agosto del año pasado, en una de sus primeras columnas que publicó El Mercurio, Cristián Warnken escribió:
El hombre que planta árboles
Un hombre planta árboles en un barrio asesinado. Mientras otros levantan edificios que, probablemente, terminarán por cercarlo, él planta árboles. Árboles chilenos de hoja perenne: mañíos, laureles, peumos fragantes, quillayes crecen lentamente en el patio de un hombre cuya ocupación central es levantar un bosque en el corazón de Vitacura, una comuna de jardines pulcros y ordenados.
Hace más de 30 años que un hombre planta árboles en su jardín. Una araucaria emerge sobre el nivel de los techos de la calle La Perousse e indica el lugar donde vive el hombre que se levanta a las cinco de la mañana todos los días, que no tiene radio, ni televisión, ni teléfono y que, con pasión desesperada y gozosa, suma árboles fragantes a una ciudad que casi ha olvidado respirar.
¿Está loco?... "Viejo loco", rayó un anónimo en la acera de la entrada de la única casa de toda la cuadra sin rejas ni porteros automáticos. No tiene jardinero, porque él es su propio guardabosques. No tiene guardia privado, porque él se deja cuidar por lo que los católicos que lo rodean dicen creer, aunque demuestren lo contrario: el Espíritu Santo. ¡Él cree en el Espíritu Santo y planta árboles! ¡Está loco, por Dios! Y no tiene auto, y es el único que camina en un barrio donde sólo las "nanas" caminan. Lo podrán encontrar en la primera misa de la mañana, solo, rezando en un rincón, como el Idiota de Dostoyevski; solo en la ciudad carcomida por la sospecha y la desconfianza.
El Gigante Egoísta tenía un jardín que no quería fuera visitado por nadie; se atrincheró en su Edén privado. El hombre que planta árboles está siempre en su casa de La Perousse; es el único vecino que uno encuentra en su casa a cualquier hora, el único que te abre sus puertas sin preguntarte tu nombre, para que entres a su bosque. Es el gnomo del último bosque, el último hombre. Te sientas ahí, al caer la tarde, y no puedes creer lo que ves, oyes y respiras. Un choroy agradecido canta, cerca de ti, sin miedo... Una planta que no conocías te dice su nombre. Y el Hombre que Planta Árboles te cuenta su historia, que nadie quiere oír. ¡Está loco, por Dios! Un abogado exitoso, José Luis Vergara Bezanilla, fiscal de una prestigiosa institución, que lo dejó todo el año 1972, para traer árboles de los bosques vírgenes del sur y plantarlos al fondo de su casa. Un hombre que se despierta antes que los demás hombres para plantar y cuidar árboles, y que se acuesta antes, para seguir soñando en un bosque que recibirá un día a los niños que hayan olvidado los nombres de los árboles y sus propios nombres.
¿No le teme a bandas de delincuentes que rondan Vitacura? "No -dice-. Le temo a estos delincuentes que nos roban el cielo, la vista, el agua"-dice mientras señala las amenazantes grúas que comienzan a apoderarse del barrio.
-"¿El agua?" -le pregunto-. "Sí, cada edificio que se levanta le cierra el paso a las aguas de las capas subterráneas que bajan desde las montañas a la ciudad. La ciudad se secará".
El hombre que planta árboles estuvo a punto de irse del barrio, expulsado por el alza de las contribuciones. Ha logrado mantenerse aquí, vendiendo sus cuadros. Mientras otros pintan manchas, abstracciones, esquizofrenias, él pinta árboles y hombres, en delicada y misteriosa unidad. Quizás eso sea lo único cierto, al final: que un hombre y un árbol están "solos sobre el corazón de la tierra, atravesados por un rayo de sol... y de pronto es de noche...".
Conocí a José Luis Vergara Bezanilla una tarde de verano del 2006, la víspera de un maravilloso viaje que hice con B. y R. por el sur de Chile. Leer [+]
Su casa no tiene timbre (tampoco tiene teléfono, ni TV, ni nada), y se entra descorriendo un gancho de una puerta de madera. Lo primero que se ve es un enorme pino flanqueando un estrecho sendero rodeado de diversas especies de árboles y plantas, avanzamos unos metros entre la espesura mientras B. llamaba a José Luis a gritos.
B. conoció al pintor de hombres y de árboles gracias a Cristián Warken, quien, por lo que sé, desde pequeño estuvo bajo su influjo. Por alguna razón, tal vez para obtener de él una palabra que nos acompañe en nuestra ruta, B. nos invitó ese día a conocerlo.
Cuando llegamos al corto corredor que conduce a la puerta, José Luis apareció con una sonrisa inteligente y nos invitó a sentamos en los banquillos y piedras que habían allí en una esquina. Nos preguntó nuestros nombres y comenzó a hablar de lo que seguramente estaba pensando antes de que llegáramos.
-¿Qué es el Reino de Dios?- nos preguntó a cada uno. No supimos responderle. Entonces abrió sus ojos, como si estuviera oyendo algo lejano, y dijo despacio, casi en un susurro -El Reino de Dios es el conocimiento de Jesús en tu corazón- me tocó con su dedo el corazón y sentí ese calor interior que me hizo volver muchas veces a su casa. Porque desde entonces soy su amigo.
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jueves, 16 de agosto de 2007
El problema era la desconfianza
Juro que es verdad. Un día después de haber llamado a los automovilistas a que compartan sus autos, un personaje de grueso bigote entrecano, pelo engominado hacia atrás y gafas oscuras se detuvo frente al paradero de mi barrio y, exactamente como lo describí en aquel post, anunció su recorrido a uno que estaba allí parado. "Bilbao-Alameda", escuché. El hombre no aceptó y entonces me tocó el turno a mí. Me repitió los nombres de las calles y yo me subí inmediatamente sintiéndome feliz, pensando en las casualidades y causalidades de la vida. Iniciamos una conversación trivial y le comenté lo que había escrito. El me dijo "Yo siempre me ofrezco pero la gente rara vez acepta. Hay mucha desconfianza". Yo no le creí y dije:"Tal vez se cohiben". La timidez, el extremo formalismo de los chilenos o lo novedad de la situación pueden, he pensado, vencer a la sensatez. "No", recalcó "es por la desconfianza". Continuamos hablando de los mochileros o autoestopistas. El cree que salteadores de caminos y aprovechadores han desprestigiado al gremio. "En la carretera yo nunca llevo mujeres", dice enfático, "Conozco un chofer de camión a quien una niña le entabló una demanda por intento de violación". Al parecer es una práctica común extorsionar a choferes inocentes con amenazas de este tipo. "Uno nunca sabe", concluye fingiendo cierto aire melancólico, "por eso yo entiendo a la gente que no quiera subirse a un auto" (fue su apariencia de estrella jubilada de cine de los 80's la que me hizo pensar que fingía) .
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miércoles, 15 de agosto de 2007
Los Bahá'í
Los seguidores de un profeta persa del siglo XIX preparan la construcción de este templo en Santiago:



Tiene 30 metros de alto y capacidad para 500 personas sentadas, además de las otras 100 que caben en unas especies de nichos que miran hacia afuera. Alabastro blanco, vidrio, acero y madera son sus materiales. "El primer concepto, fue un templo de luz" dice el arquitecto. Se trata de una Casa de Adoración Bahá'í, hermana de otras ocho construídas alrededor del mundo (una de ellas, en Ashkabad, se desplomó en 1962, luego de un terremoto). Estos templos "Están abiertos a personas de toda religión y creencia, y no se realizan en ellos sermones ni ritos"(Asamblea Espiritual de los Bahá'ís de Chile, en cuya página se puede ver una cuidada presentación del templo). La idea de levantarlo en el Parque Metropolitano se estancó en algún punto de la burocracia, y luego de pensar en Colina, al parecer se han decidido por Peñalolén.
En La fe Bahá'í: Una introducción , un librillo que encontré en la biblioteca de mi abuela, la autora explica:
"El estilo arquitectónico de estos edificios varía, pero hay ciertos rasgos que son comunes a todas las casas de adoración. Por ejemplo, tienen nueve lados, con puertas a cada lado. El número nueve es un símbolo de unidad porque todos los demás dígitos están incluídos en el nueve; y el hecho de que edificio no tengo puerta trasera significa que sus puertas están abiertas a toda la humanidad. Las casas de Adoración deben estar rodeadas de hermosos jardines y de una serie de edificios destinados a fines educacionales, sociales y de caridad, de manera que el culto a Dios esté asociado con la belleza de la naturaleza y con el servicio a los hombres."Los orígenes de la Fe Bahá'í son descritos por la misma autora:
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"Corría el año 1844 cuando un viajero llegó cansado y polvoriento a las puertas de Shíráz. Su corazón había sido atraído como un imán hasta este pueblo del sur de Irán; venía confiado de que Dios lo guiaría hasta el objeto de su búsqueda.(...)El viajero es el Báb (La Puerta), mezcla de Juan Bautista y mano derecha de Bahá'u'lláh (Gloria de Dios), el nuevo mensajero de Dios para esta nueva era. Según entiendo el mensaje de Bahá'u'lláh, todos los antiguos profetas, Buda, Jesús, etc. fueron verdaderos mensajeros de la misma dignidad. Éstos se reconocen, entre otras cosas, por estar dispuestos a sufrir a causa de su misión. Bahá'u'lláh vivió en el exilio y pasó gran parte de su vida en una celda en Akka, entonces del Imperio Otomano.
Antes de comenzar su búsqueda, el viajero se había retirado a un lugar solitario a orar y meditar durante más de un mes. S e habría liberado de todo lo mundano y depositado toda su confianza en Dios, sabiendo que sin la ayuda de Dios nunca encontraría a quien buscaba.(...)
Al mirar hacia las puertas de la ciudad su mente se llenó de extraños pensamientos. ¿Adónde iría desde aquí? ¿Cuánto duraría esta ardua búsqueda? De pronto vio una maravillosa figura. Era un joven que se adelantaba a saludarlo con una sonrisa en su rostro radiante como si El hubiera esperado su llegada. El viajero estaba anonadado. ¿Quién era este joven y cómo sabía Él de su llegada?(...)
Según el viajero permanecía sentado a los pies de su maestro durante toda la noche, sin advertir el paso del tiempo, este primer discípulo de una nueva Dispensación pudo vislumbrar las maravillas por venir. "Esta noche", se le dijo, "esta misma hora, en días venideros, será celebrada como una de las más grandes y significativas de todas las festividades. Da gracias Dios por haberte ayudado con bondad a alcanzar el deseo de tu corazón.""
Mapa de la ruta de Bahá'u'lláh
Celda de Bahá'u'lláh en Akka, hoy Acre, Israel.La autora explica que estos profetas, como espejos que reflejan la luz de Dios, pueden decir con la misma propiedad tanto "Soy la luz del Dios" como "Soy Dios". A ellos se les encomendó las distintas "Dispensaciones" o revelaciones sucesivas limitadas por las costumbres de cada cultura.
La dispensación de Bahá'u'lláh se diferencia de ellas en que es universal, clara para todos, y completa. La humanidad ha llegado a un estadio evolutivo en el que deben unirse en una sola Fe y librerase de los prejuicios y tradiciones nocivas que arrastramos. Esta unidad es protegida con celo:
"Antes de fallecer en 1892, Bahá'u'llah supo imedir que su Fe se dividiera en sectas, nombrando a su hijo, 'Abdu'l-Bahá (Siervo de la Gloria), como aquel a quien todo bahá'í debe acudir en busca de guía. Éste había de ser el único intérprete de los escritos de Bahá'u'lláh y ejemplo de su causa."Antes de su muerte en 1921, 'Abdu'l-Bahá consignó en su testamento que su nieto, Shoghi Effendi, lo relevaría como Guardián de la causa. Luego de la muerte de éste, se conforma la Casa Universal de Justica, que cuenta con infalibilidad divina en sus determinaciones por mil años hasta el fin de la dispensación Bahá'í.
Como crítico de religiones, me gusta su idea de erradicar el clero y todo lo que conlleva una casta escogida. Dice el Guardian a quienes dirigen los asuntos de la causa en la Asamblea Espiritual Nacional:
"Suya es la obligación de desembarazar de una vez por todas a la totalidad de sus deliberaciones de esa atmósfera de superioridad autosuficiente, de sospecha de secreto, del ambiente de imposición dictatorial, en resumen, de cualquier palabra o acción que pudiera dar la sensación de parcialidad, egocentrismo y prejuicio. Suyo es el deber, mientras retiene en sus manos el derecho sagrado y exclusivo de la decisión final, de estimular la discusión, proveer la información, ventilar quejas, dar la bienvenida a consejos aún de los más modestos e insignificantes miembros de la familia bahá'í, dar a conocer sus razones, explicar sus planes, justificar sus acciones, revisar si es necesario su veredicto, fomentar el sentimiento de interdependencia y compañerismo, de comprensión y de confianza mutua entre ellos por una parte y todas las asambleas locales y creyentes individuales por otra."Esto deberían leerlo con cuidado en el Vaticano y en Villa Tévere. Lo que asusta, eso sí, es el poder de la Casa Universal de Justicia, cuyo solo nombre me da escalofríos.
"Quien se diga bahá'í y rehúse obedecer a la Casa de Justicia, viola el convenio de Bahá'u'lláh y al imponer su propia autoridad por encima de la Casa de Justica, trata de abrir una brecha en las filas de los bahá'ís. Para impedir ésto, se aconseja a los seguidores de Bahá'u'lláh que no tengan contacto alguno con él. Sólo de esta forma podrá impedirse que esta persona, llamada Violador del Convenio, lesione la unidad de la Fe. Si posteriormente se arrepiente de su conducta y declara su lealtad a la Casa de Justicia, podrá reingresar a la comunidad Bahá'í."Pero ojo,
"Quien haya sido bahá'í, pero luego cambiare de idea y no quisiera continuar siendo miembro de la Fe, no será considerado violador del convenio. Los bahá'ís seguirán en contacto con él sin titubeos."
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martes, 14 de agosto de 2007
El automóvil como microcosmos moral
Esta mañana he visto a un hombre, un conductor solitario, detener su automóvil justo frente a un paradero abarrotado de gente y, luego de bajar el vidrio del copiloto, anunciar su recorrido con fuerte voz a todos los presentes: ¡Apoquindo, Providencia, hasta Pedro de Valdivia! Venciendo al estupor general, un estudiante se acercó con timidez, confirmó el
ofrecimiento y abordó entusiasmado el vehículo seguido por un guardia trasnochado y una anciana que cargaba pesados paquetes. Todos ellos llegaron a tiempo a sus destinos y un suave regocijo o una tibia brisa apaciguó a los espíritus impacientes de entre los que continuábamos varados.
Pero esta escena en verdad nunca ocurrió. La realidad es que no he visto a nadie en Santiago hacer tal uso generoso y consciente de su auto. En efecto, existe un abismo insalvable entre los que viajan en el transporte público y los que lo hacen en su automóvi particular. Como si no ocuparan las mismas calles, como si no hicieran los mismos recorridos, como si sus destinos fueran incompatibles, como si no viajaran solos, ninguno piensa en el otro.
¡El automóvil no es un microcosmos de leyes morales inescrutables, señores conductores! Ni los vidrios polarizados los protegen de las bienaventuranzas y maldiciones evangélicas. Esto último va para los que se dicen cristianos, en particular a los católicos que, irritados porque se distrajeron en Misa por culpa de un mural excéntrico (¡Ay, Acción familia!), parten raudos sin mirar siquiera al parroquiano que avanza a pie en la misma dirección.
He dicho.
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domingo, 12 de agosto de 2007
Sic transit gloria mundi: Así pasa la gloria del mundo
La señorita A. es cantante de pop. Hace un par de años resultó ganadora de la versión local de un "importante" reality show y luego obtuvo el tercer puesto en la versión internacional del mismo. Grabó un disco, algún video clip, vivió algún romance con un miembro de su banda y la gente hablaba de ello en la calle. Pero antes de que la fama la arrebatara al tercer cielo, ella y su hermano mayor, B., fueron compañeros míos en el colegio. En aquellos años yo me enamoré de A. y fui muy amigo de B.
El jueves pasado fui a visitar a B. y conversamos algunas cervezas. Estábamos en eso cuando vi a la señorita A. pasar velozmente por el pasillo. Fui con ella e intenté un saludo cariñoso. Su sonrisa y su mirada provocaron en mi sangre no sé qué antigua y oscura química. Me dedicó algunos segundos y prosiguió con lo suyo. Buscaba afanosamente cierto papel entre las carpetas y legajos de su escritorio.
-¿Qué buscas?
-Unos apuntes...tengo que estudiar toda la tarde para un examen.
-¿Volviste a ingeniería?
-Si...
-¿Porqué?
-Porque ésto (señala su teclado sobre el cual cuelga un gran poster de ella misma y un diploma del famoso reality, "ésto" es su carrera musical), ésto es muy lento.
-Pero ¿cuál es el apuro?, hoy en día los hombres vivimos 80 años.
-Pero de algo hay que comer...
De pronto se acuerda de algo y se mete en el baño. Veo que allí también guarda objetos, papeles y cajas. Abre una de éstas, grande y pesada. Está llena de copias de su disco. Saca una y me lo entrega con una gran sonrisa.
Entonces por un descuido y tal vez para llenar el silencio, le pido que me lo autografíe o me escriba algo.
-No- responde cortante- lo detesto.
No sé si por explorar más el origen de esta sorprendente reacción o para demostrarle no sé qué (en todo caso el autógrafo nunca me interesó), algo herido le replico:
-¿No me quieres escribir algo?
-No.
La conversación terminó así, bruscamente, luego dije más cosas tontas y me despedí. Aliviado, volví a las cervezas y la seguridad de lo conocido, mi amigo B.
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jueves, 9 de agosto de 2007
Para una nueva nieve
(Un espacio para el Ebeneezer Scrooge que llevo dentro)
Se veía venir, todos lo sabíamos y aún así la nieve nos pilló desprevenidos. Lo que pasa es que en estas latitudes nos faltan juegos y poemas para hacerla nuestra. Modelar un golem, lanzarse puñados de hielo o imprimir la sombra de un ángel en el llano, todo esto lo hemos malcopiado porque no sabemos qué otra cosa hacer cuando nieva.
Por eso no culpo a aquel joven periodista de TV que, cartón UNIACC en mano, superado por la novedad y apurado por su equipo de trabajo, proclamó: "Lo que estamos viendo es, porqué no decirlo, parecido a aquella atmósfera navideña a la que nos han acostumbrado los norteamericanos". Yo tengo una caravana de razones sentimentales para su "porqué no decirlo".
Propongo un cónclave de poetas y niños chilenos que nos preparen para la próxima nevazón. Nuevos juegos y nuevos adjetivos para una nueva nieve.
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