Si no temen ustedes que les piquen las ortigas, vengan conmigo por el estrecho sendero que conduce al pabellón, y veremos lo que sucede dentro de éste...
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viernes, 21 de diciembre de 2007

Dictado III

Qué tonalidad en su madriguera dibujamos con los dedos. Una melodía que es apenas el olor inmenso de este cielo-pez escurridizo. No la suerte espesa que se deja al fondo del tazón, sino la burla, esquirla devorada por su forma apenas diferente de su ausencia como la ofensa perdonada.
Perdido el horizonte, el ojo se hace puro y violento. Entonces deseamos, entre otras cosas, besar el agua viva, última puerta luego de la cáscara, la fisión del átomo en la piel del niño-espíritu descalzo, desatar la fiebre en el comedor y derramar suficiente sangre entre las sábanas del matrimonio.

martes, 18 de diciembre de 2007

Dictado II

Un solo pulso grave, el eje horizontal pulsado por detrás, y los corazones se despiertan. A la deriva el brillo, la belleza. Qué álgebra de hilos de araña se escabulle dejando en el vacío las distancias. Porque no se trata de armarle un discurso a los sentidos y contarle a los amigos: "lo que subyace bajo todas las cosas es la feroz batalla entre la vida y la forma". No. Cada segundo se apoya en una bestia distinta.
(Cuatro tortugas sostienen al mundo. El búho está dentro y nadie aún ha fijado sus límites. El ciervo, temblando junto a las tablas de la ley, está adentro. Los grandes felinos también están adentro. La apariencia, hija del espíritu de devoración, entona el salmo perfecto en sus pupilas. El petirrojo es Orfeo y Jesucristo y Lao Tse. ¿Dónde está su corazón, su triunfo?)
Conocemos el extremo opuesto: el ruido blanco de todo el espectro alcanzando la meta. Los aplausos. El juicio final y la espantosa homogeneidad de la nueva Jerusalén. Sugiera ésto una circularidad o alguna otra geometría, lo que se respira es la sugerencia misma. La muerte no se lleva lo que aún no ha vivido.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Dictado I

Subirse a un tren en movimiento es comenzar a escribir del dictado del alma o lo que sea esto que ya no regresa nunca. Una escoria de la vida o la vida misma según otros. Peor: muchas veces son abortos que se esparcen en el mundo y algo pasa en mi estómago, me trago la angustia. Trato de pensar y escribir abriendo galerías no como termita glotona sino como el viento que visita los rincones olvidados con la seriedad con que Jesucristo hablaba a los leprosos. Lo diáfano de las tardes frias, solitarias, el paisaje tal como es cuando yo no estoy allí, los procesos ocultos, la digestión de esto que también late bajo todas las alfombras. El dolor no tarda cuando los que se han mirado a los ojos continúan haciéndolo. Abiertas o cerradas, las heridas, en su espectro, hacen heterogéneo el universo, no el cosmos griego tan saludable, sino el universo de los físicos y sus preguntas de enciclopedia. Como pirámides blancas en medio del desierto, como una estrella perdida en el bolsillo de un muerto bajo el mar. No se permiten más imágenes como esta última.

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